Cultura y Educación
Autor: Mario Guarda Rayianque, , 12 de julio de 2019

Columna: La leyenda de Inami, un homenaje a Futronhue, el Futrono anterior a 1941

Imagen gentileza de Cristián Villena - Fanpage facebook: Kantauria
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Toda leyenda tiene su origen en la realidad. En el 78° aniversario de la comuna de Futrono, comparto este relato que une a dos culturas en medio del Ranco.

Futrono cumple 78 años, eso dicen los documentos legales, sin embargo la historia de este territorio es muchísimo más antigua, demasiado como para conformarnos con ignorar lo que fue y ocurrió más atrás del 12 de julio de 1941.

Entonces, siendo respetuosos del cumpleaños número 78, pero también haciendo honor a la real antigüedad de Futrono, voy a dejar aquí un relato que es desde mi punto de vista, un homenaje a la historia y a la leyenda, al lago Ranco y a Huapi, a los sentimientos humanos y a la identidad de nuestra tierra. Al final de esta columna dejaré un resumen de la leyenda de Inami.

Cuando yo era niño, cosa que no fue hace tanto como para olvidar ni tan cerca como para no extrañar, escuché en alguna ocasión a alguien hablar de la leyenda de la princesa Iname. La verdad nunca escuché el relato, hasta que presencié una de las últimas “semanas futroninas” que se hacían en aquel tiempo, con carros alegóricos y mucha (en verdad mucha) participación de la gente.

En ese evento desfiló por calle Balmaceda una muy bien construida ruca, como fondo para una princesa mapuche sentada y acompañada por su séquito, seguida de niños y jóvenes caracterizados como guerreros, incluidos jinetes (si, guerreros mapuche a caballo por Balmaceda) portando lanzas de coligüe y dando gritos de guerra de tanto en tanto.

Aparte de eso existe hasta hoy el conocido restaurant Iname, y esas serían los únicas dos referencias que tuve acerca de la misteriosa princesa.

Eso hasta que hace poco descubrí en internet, por pura casualidad como siempre han sido los buenos descubrimientos, el poema llamado “Inámi, o la laguna de Ranco”, escrito por Salvador Sanfuentes en 1855, y publicado en el libro “Leyendas nacionales” del mismo autor, en 1885.

Esa era la fuente escrita que permitió que un relato, que Sanfuentes subtituló como Leyenda Indígena, no se perdiera y llegara hasta nosotros en forma de poema, con 126 páginas que inician con una muy sensible descripción de la región de Valdivia y del lago Ranco, como las vio el autor a mediados del siglo XIX, y que avanzando en la lectura nos lleva a conocer a Alberto, un joven español fugitivo que busca refugio en la gran isla del Ranco, que es la Huapi por supuesto, y se enamora de Inami, la joven hija del cacique (de ahí que después se le haya calificado de princesa).

Pero el amor por muy hermoso y puro que fuera, estaba condenado a la desdicha, y eso es lo que hace poderosa a la narración, digno de una obra de Shakespeare, o de una película que compite por un premio.

Y ¿cómo fue que Salvador Sanfuentes llegó a recoger, registrar y entregar un poema tan cargado de emociones? Desde 1845 a 1846 Sanfuentes fue nombrado intendente de Valdivia, tiempo en el que recorrió este territorio, que en aquella época era salvaje y agreste, a pie y a caballo. Fue en esos viajes que llegó hasta el Ranco y se apropió de la leyenda llamada Inami.

Toda leyenda tiene su origen en hechos reales, y por la época en que Sanfuentes registró este relato, me atrevo y arriesgo a pensar que esta leyenda debe haberse originado hacia el año 1700, pasando de generación en generación entre los habitantes de las islas y las orillas del Ranco.

En Futrono la calle que llega hasta el lago lleva el nombre del presidente Juan Luis Sanfuentes, que es hijo de Salvador Sanfuentes, pero creo que por el mérito de haber guardado para nosotros el relato de Inami, debiera ser el nombre del padre y no el del hijo el que conmemore esa calle.

A continuación dejo el texto, que es resumen del resumen hecho por Miguel Luis Amunátegui en 1892, de “Inámi, o la laguna del Ranco”, un homenaje a nuestro Futrono antiguo, tan antiguo que la historia terminó transformándose en leyenda:

En el atardecer un joven español con su caballo a rienda suelta huye de sus perseguidores por la selva que circunda la laguna de Ranco, una vez en la orilla divisa una balsa, desmonta y se echa al agua y con 2 ramas improvisa remos. Un momento más tarde aparecen soldados españoles que le disparan y lo hieren en un brazo, pero nada grave, logra escapar y continúa remando hacia la gran isla del centro del lago.

Una vez en la isla se encuentra con una hermosa joven mapuche, Inami, la hija idolatrada del cacique Colpi, a quien pide asilo y lo obtiene.

Inami cura la herida del joven que revela llamarse Alberto, quien en un duelo dio muerte al hijo de un rico español de la ciudad de Valdivia, siendo por ello perseguido por la poderosa familia.  Ahora era un fugitivo.

Los jóvenes no dejan de contemplarse el uno al otro, y no tarda en encenderse el amor entre Alberto e Inami. Él decide abandonarlo todo por ella, así que se queda en la isla y pronto se casa con su amada, para luego convertirse en padres de una niña.

La felicidad de los esposos fue tan grande, como poco duradera. Una noche de invierno se desata una borrasca, y entre los rugidos del viento se oyen salir desde el lago gritos de angustia. Los isleños acuden a la ribera, descubren un naufragio, pero la rabiosa tempestad impide cualquier intento de auxiliar a los desafortunados.

Alberto, como si fuera impulsado por una fuerza irresistible, se lanza en lucha desesperada con las olas, y vuelve a la playa trayendo consigo el cuerpo inanimado de un anciano, a quien deposita en tierra, y cae a su lado desfalleciendo de fatiga.

Socorrido el anciano por los isleños, pronto Alberto lo reconoce; se trata de su propio padre, pero un frio e inexplicable presentimiento le obliga a guardarse el secreto, y les dice a los isleños que aquel español es solo un amigo suyo.

Pronto el anciano, de nombre Alejo, se recupera del todo y puede hablar con su hijo, le dice que ha venido a buscarlo, ya puede regresar a su hogar; en Valdivia hay un nuevo gobernante que se halla dispuesto a perdonar a Alberto.

El joven se encuentra de pronto contrariado, no responde, y solo atina a rogarle a su padre que no le revele a nadie su lazo de parentesco. El anciano se extraña por la inesperada petición de su hijo, aunque pronto descubre el trasfondo de todo; Alberto se ha convertido en esposo de Inami y tienen una hija.

Una unión de ese tipo es una afrenta para el buen nombre de la familia del orgulloso español, y exige que Alberto rompa su vínculo con Inami de inmediato, y regrese con él a Valdivia, pero se encuentra con la resistencia de Alberto, y con sus ruegos, proponiéndole marchar a Valdivia con Inami y su hija, o que le permita quedarse en la isla, pero todo es inútil.

Alberto se ve obligado a tener que tomar una drástica decisión, tiene que elegir entre su padre respetado o su tan amada Inami.

El desdichado Alberto cae en una silenciosa angustia, se vuelve triste, callado y de trato frío. Inami nota con dolor el cambio, y no encontrando explicación (desconoce que Alejo y Alberto son padre e hijo), comienza a sospechar que el viejo en verdad es un brujo cuya influencia maléfica afecta a su amado, y pronto esa sospecha es compartida por los demás isleños.

Alberto se da cuenta de las aprensiones de los lugareños hacia su padre así que, temiendo por la vida del anciano, le pide que abandone la isla, pero Alejo tozudamente se rehúsa a irse solo. Ahora la situación es desesperada, finalmente para salvar a Alejo, el joven decide someterse a la voluntad paterna.

Pero no quiere que la separación por su partida sea dolorosa para Inami, así que le dice que se halla obligado a emprender un corto viaje para ver a su madre, pero que regresará pronto a la isla. La versión de Alberto no convence a Inami, quien se entrega a la desesperación. Colpi, su padre, le ordena que declare el motivo de su dolor, Inami en un principio se niega a contarle lo que sucede, pero termina confesando que Alberto la dejará, todo por la influencia del extranjero brujo.

Colpi, que comparte la opinión de su hija, se decide a castigar al viejo hechicero para poner término a los males de Inami, así que va en su búsqueda y lo encuentra junto a la canoa que usarían con Alberto para salir de la isla. Allí mismo Alejo cae muerto bajo el puñal del furioso cacique.

Alberto, a su regreso encuentra el cadáver de su padre, y en medio de su tristeza aparece Inami, revelándole por fin quién era aquel anciano, su padre. La inocente Inami le revela entonces la causa y el autor del asesinato. El español fuera de sí rechaza de su vista a su desconsolada esposa, a quien acusa de parricidio.

El respeto a la memoria de Alejo le impulsa a la venganza; el amor de Inami le hace espantarse de derramar la sangre de Colpi, pero el odio triunfa sobre el amor. Alberto desafía a Colpi a un combate a muerte en la cima de una roca a la orilla del Ranco, matando al altivo cacique y arrojando su cuerpo al lago.

Alberto corre hacia una canoa para huir lejos de aquella isla donde abrazó la felicidad, pero que ahora era lugar de desgracia y muerte, y apenas había partido, sale de lo alto de la roca un grito lastimoso. Era Inami, que en ademán suplicante le alarga los brazos, en que lleva a su hija.

Al ver a Alberto vacilante, la joven mapuche se arroja al agua junto a su niñita para ir nadando a reunirse con su marido, y apenas había avanzado un corto trecho, cuando un bulto le impide el paso.

Inami reconoce el cadáver de su padre, y en su mente ya lo ha adivinado todo; lanza un gemido desgarrador; su primer pensamiento es buscar la muerte en el fondo de la laguna, pero mira a su hija, y se contiene. Hace un esfuerzo sobre sí misma, consigue entregar a la niña a Alberto, y se entrega a la muerte abrazada del cadáver de Colpi.

 

OBS: En el texto he usado el término cacique, y no el de lonko, para mantener la palabra usada por el autor originalmente.

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